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Ciudad de México, 16 de enero de 2026Mahler hizo un día esta reflexión: «En
música, lo más importante no se encuentra en la partitura». Lo mismo sucede en psicoanálisis: lo dicho no es lo más importante. Mucho más importante nos parece detectar lo que el discurso esconde y lo que el silencio revela. (Nasio, 2009, p. 26)
La palabra es, en la tradición psicoanalítica, el eje y motor del tratamiento.Tanto Bauer como Freud lo expusieron desde el inicio de sus escritos, en tanto es la herramienta fundamental para la cura.
La cura de los síntomas requiere de un sujeto que escucha y un paciente; a éste se le presenta un encuadre y se le aclara que la regla fundamental es la asociación libre, es decir, que el paciente verbalice todas las ideas que vengan a su mente durante la sesión, sean las que sean: debe permitir que sus palabras fluyan sin autocensura. Es decir, expresar pensamientos, sentimientos, sensaciones o cualquier impulso que ocurra en él.
Al inicio, los pacientes acceden sin refutar. Para ellos suena sencillo y, dado que han pasado por el periodo de entrevistas (en adición a si el terapeuta logró generar un ambiente de confianza y construir medianamente un espacio seguro), los pacientes que, desde algún lado de su mente sienten que requieren algún tipo de ayuda para conocer, entender, controlar o frenar sus síntomas, optan por iniciar un proceso psicoanalítico.
El terapeuta hace un primer esbozo de “diagnóstico” para identificar si se encuentra ante un paciente neurótico o psicótico, a fin de dirigir las intervenciones de acuerdo a la psicopatología y, entonces, la primera sesión formal ocurre: el analista guarda silencio.
¿Qué pasa con la ausencia de la palabra? ¿Por qué se guarda silencio? ¿Qué pasa cuando es el analizante quien acude al silencio? ¿Qué significados tiene tanto para el analista como para el analizante el silencio? Si el eje del psicoanálisis es la palabra, ¿cómo se atraviesa el silencio?
En el presente ensayo pretendo desarrollar la siguiente hipótesis: el silencio en el psicoanálisis, y en específico en la clínica lacaniana, puede entenderse como una metáfora del descubrimiento del fort-da de Freud. Inspirada en el juego infantil y las múltiples aristas que plantea su interpretación, considero que la “presencia y la ausencia” del analista fortalecen la capacidad de tolerar la frustración, la separación y la pérdida, como una parte que habilita al analizante a atravesar su proceso. Bajo este contexto, el fort-da del analista será entendido tanto en las intervenciones que realiza como en sus ausencias, sus silencios y separaciones.
En este sentido, el silencio no es solo la ausencia de palabra, este silencio ocurre a lo largo de todos los procesos que desencadena la díada analítica. Durante las separaciones de fin de semana, vacaciones y cualquier otro tipo de ausencia, el analizante manifiesta resistencias, pasajes al acto, negaciones o forclusiones que, de una u otra manera se ven llevadas al vínculo analítico en forma de silencios.
A lo largo del presente ensayo se presentarán esbozos de lo que distintos autores han desarrollado al respecto y, en específico, la diferencia del planteamiento lacaniano sobre el tema.
1.-El encuadre psicoanalítico y el silencio del analista
Afuera del espacio analítico, la naturaleza de la convivencia social se da mediante el contacto físico, las expresiones, pero sobre todo, ocurre a través del diálogo entre interlocutores. Aquello que las convenciones sociales permiten, fomentan y enseñan es que mientras uno habla, el otro escucha, se opina sobre el tema y se genera comunicación.
Incluso un paciente, durante las entrevistas, habla ante una persona que le pregunta, se muestra interesada por el relato, solicita profundización; pero, a partir de la primera sesión, el paciente se enfrenta ante el silencio de ese mismo interlocutor que antes se mostraba tan ávido por interactuar.
Existen distintos tipos de silencio: en algunos pacientes puede generar incomodidad, para otros puede ser muy difícil expresar alguna palabra o, en otros casos, simplemente refieren que “no se les ocurre nada”. Theodor Reik menciona que:
Hay momentos en que la situación verdaderamente se insinúa «imposible». Supongamos que el paciente conciba pensamientos ofensivos o injuriosos hacia el analista. ¿Y si experimenta impulsiones afectuosas o aun sexuales hacia éste? Es algo que sucede con mucha frecuencia. Desde luego, el paciente sabe que no debe proceder diversamente que en el caso de los demás pensamientos o emociones que se le pudieran ocurrir. Le decimos que no es más responsable de sus pensamientos que del color de sus ojos o de sus cabellos. Debe aprender a superar ese obstáculo. (Reik, 1926, como se citó en Nasio, 2009, p. 21)
A pesar de sonar sencillo, la asociación libre se vuelve complicada, en tanto el proceso de construcción de la dupla analítica requiere tiempo, confianza, palabras y silencios.
En la técnica clásica, el analista no teme al silencio, incluso la tradición médica en la cual el psiquiatra calla y el paciente menciona sus síntomas es replicada bajo distintos estilos y ante diversos tipos de pacientes. Cabe señalar que Etchegoyen (2014) no coloca a Freud dentro de los analistas clásicos: “Freud era muy activo. Con «El hombre de las ratas», por ejemplo, dialoga, informa, explica. Freud realmente participa mucho” (p. 385).
En otro punto, la clínica de Melanie Klein, quien bajo el punto de urgencia mostró a sus pacientes la manera de describir detalladamente tanto fantasías como ansiedades en cuanto objetos internos y externos mediante la interpretación, es muy cuestionada por su literalidad y excesiva explicación.
En cambio, en un sentido inverso, la norma de silencio es llevada al extremo por Lacan, de cuya clínica se suele decir que:
no interpretan por meses y, sin intervenir, dejan hablar al paciente para que desarrolle su discurso y denunciar lo que ellos llaman la palabra vacía hasta que el paciente pueda hablar significativamente. […] Lacan compara al analista con el muerto del bridge. El paciente es el que remata y juega; el analista es su compañero que pone las cartas sobre la mesa. El paciente tiene que movilizar sus cartas y las de su analista, silencioso y pasivo por definición. (Etchegoyen, 2014, p. 386)
La actitud lacaniana de “muerto”, de sostener el silencio sin prisa a interpretar, es una de las tantas diferencias de la praxis en la clínica. Cargar el peso en la palabra del paciente tiene sentido cuando uno de los pilares que argumenta Lacan es que el inconsciente está estructurado como un lenguaje; lo cual, por supuesto, tiene que ver con las palabras, pero más importante aún, tiene que ver con lalengua que se va descifrando en la dupla analítica.
Nasio (1992), en Cinco lecciones sobre la teoría de Jaques Lacan, aclara que se suele confundir a los lacanianos con lingüistas, cuando en sí, no es la gramática lo que importa, sino los tropiezos del lenguaje: “ese instante en el cual el paciente dice y no sabe lo que dice. Es el momento del balbuceo, donde el paciente tartamudea, el instante en que duda y la palabra desfallece” (p. 16, cursivas del autor).
Inconsciente, deseo y goce se ponen en juego entre la díada. El reto del analista será procesar y distinguir la transferencia del analizante, para entender y acompañar, pero sin satisfacer ni actuar. Etchegoyen (2014) traduce el rol del analista en Lacan cuando señala:
Un buen analista tiene que estar siempre como el muerto, porque el deseo nunca se puede satisfacer; se satisfacen las necesidades, que son biológicas, pero no el deseo, en tanto acto psicológico. El deseo tiene que ver con el desplazamiento de la cadena de significantes y es ese corrimiento metonímico lo que le da significado, instaurando la falta de ser en la relación de objeto. […] En última instancia, todas mis demandas no son más que el discurso que yo tengo que recorrer paso a paso hasta comprender que no tengo nada que esperar, que mi deseo no va a ser ni puede ser satisfecho. (p. 386)
En su escucha, el analista hilvanará los significantes del analizante, todas las expresiones involuntarias que emerjan durante la sesión: lapsus, sueños, gestos, sonidos y silencios; sin perder de vista que “un significante sólo es significante para otros significantes” (Nasio, 1992, p. 24), y que sólo mediante la repetición se podrá encontrar lo que no se sabía en las materializaciones de los distintos significantes.
Los significantes, como el silencio, detonan nuevas preguntas y abren nuevas vertientes de acceso o hipótesis sobre el inconsciente. Es decir, hay un silencio en la dupla analítica que le pertenece al síntoma, que se expresa, se disfruta y se sufre por ser provocado por un trastorno psíquico. Lo anterior no quiere decir que todos los síntomas se materialicen tarde o temprano en silencios, el analista deberá determinar cómo el silencio forma parte del síntoma. Bruce Fink (2007), en Introducción clínica al psicoanálisis lacaniano, expone:
Desde una perspectiva freudiana/lacaniana, es claro que el terapeuta no puede confiar en ninguna especie de «deseo de mejorar» de parte del paciente –una suerte de «deseo genuino de cambiar»–. No existe tal cosa. […] Si hay un deseo que sirve como fuerza impulsora de la terapia, es el del analista, no del paciente. (p. 20)
En este sentido, ¿cómo se puede ser el motor impulsor desde el silencio? ¿Cuál es entonces la función del analista? En primera instancia, habría que comprender que:
El deseo del analista no es un deseo de que el paciente mejore, triunfe en la vida, sea feliz, se comprenda a sí mismo, retome sus estudios, logre lo que dice que desea, o diga algo en particular. […] Es un deseo enigmático que no le dice al paciente lo que el analista desea que él haga. […] Se trata de un deseo inagotable de que el paciente concurra a la terapia, de que ponga su experiencia, sus pensamientos, sus fantasías y sus sueños en palabras y que asocie con ellos. No es un «deseo personal» y, por más intentos que se hagan, no es el tipo de deseo que pueda sostenerse sin primero atravesar un largo periodo de análisis. No obstante, Lacan considera que es la fuerza impulsora del análisis. (Fink, 2007, pp. 23-24)
Quien habilita y sostiene la construcción de distintos niveles de autoescucha es el analista mediante diversas herramientas (en las que no me voy a enfocar con ánimo de trabajar solamente con el tema del silencio).
El analista está presente y su silencio activo escudriña hasta el momento cuando el inconsciente toma la voz. No es un silencio ausente, dista mucho de ser un mueble que solo escucha. “No” está (fort) hasta que interviene (da).
Así como Freud (2001) explica en El principio del placer el juego de su nieto (pp.14-16), pienso que, durante la asociación libre, el analista “se fue”/“se va” mediante su silencio, mismo que habilita el tránsito de la palabra vacía a la plena. Sus intervenciones construyen de manera progresiva el trabajo mental del analizante, las cuales solo pueden impactar al comprender que la ausencia de voz es un silencio participante.
Durante cada sesión ocurre lo mismo. Se repite la escena analítica así como se repetirán los síntomas, temores y demás factores en la transferencia. Con ello, el silencio también habilita la transferencia mediante la repetición inconsciente de los actos.
El juego fort-da permitió identificar que los niños repetían las vivencias que les habían causado una gran impresión:
Es imposible que la partida de la madre resultara agradable, o aún indiferente. Entonces, ¿cómo se concilia con el principio de placer que repitiese en calidad de juego esta vivencia penosa para él? Acaso se responderá que jugaba a la partida porque era la condición previa de la gozosa reaparición, la cual contendría el genuino propósito del juego. Pero lo contradice la observación de que el primer acto, el de la partida, era escenificado por sí solo y, en verdad, con frecuencia incomparablemente mayor que el juego íntegro llevado hasta su final placentero. […] En la vivencia era pasivo, era afectado por ella; ahora se ponía en un papel activo repitiéndola como juego, a pesar de que fuera displacentera. (Freud, 2001, pp.15-16)
Lo mismo ocurre en la sesión, y fuera de ella, en tanto el inconsciente no conoce de arriba, abajo, afuera o adentro. El lenguaje del inconsciente ocurre en la díada analítica.
2.- El silencio en el analizante
—Diga todo lo que le venga a la mente aunque le parezca desagradable.
—¿Y cuando aparece lo desagradable, lo que asusta, lo que no está bien pensar y mucho menos decir? —responde el paciente en silencio.
El primer gran encuentro con el silencio es con el que pertenece al analista, del que hablamos anteriormente, pero que ahora abordaremos desde la mirada del analizante.
¿Espero a que hable? ¿Soy yo quien debo hablar? ¿Ya no va a preguntarme nada? ¿Qué debo hacer? ¿Qué pasa si no digo nada?
Podríamos considerar que el paciente se inhibe ante la escena. Tampoco es una regla que esto ocurra, pero sí es frecuente en la práctica clínica y, suele ocurrir también, que tiempo después el paciente “confiesa” que ese primer encuentro fue “muy raro” o “desconcertante”.
Existe otro momento de silencio: las pausas que se tornan largas, aquellas en las que el síntoma habla o, bien, en las que el procesamiento de lo que trae consigo el síntoma, requiere de un poco más de tiempo.
Silencios fríos, tensos, condescendientes, de incomprensión, de sufrimiento; silencios de duda o asombro, de odio, rencor o envidia. Silencios que cortan el aire o se traducen en un suspiro
.
El silencio del analizante no es un vacío. Tal vez, es la confrontación del sujeto
con su goce, con su deseo o su falta del mismo. El proceso analítico es doloroso, confronta a niveles muy profundos y la regla fundamental de la asociación libre se ve obstaculizada –en la neurosis–, por la represión o la censura desde lo inconsciente; además de por la vergüenza, los prejuicios sociales, la moral o la personalidad desde la conciencia.
El paciente deberá vencer de manera paulatina los obstáculos conscientes y dar cabida a que el inconsciente aparezca. Poco a poco y “de alguna manera, el silencio del analista parece señal de empezar a considerar al otro y a considerarse con más calma y no tanta inmediatez” (Nasio, 2009, p. 23).
Con el tiempo, los obstáculos se irán venciendo, la propia situación analítica romperá y creará silencios, pero con un analizante que los soporta cada vez más. La espera y la paciencia se van cultivando:
Hay más ser en el silencio tenso que en la emisión de un dicho. Este silencio es un lugar de espera y de paciencia, un lugar no opuesto a la palabra, sino el lugar en que la palabra germina y en que los ruidos pulsionales se ordenan en una voz muda que acaso devendrá sonora. (Nasio, 2009, p. 111)
Otra forma de silencio ocurre con el encuadre. Los pacientes romperán el encuadre. Van a faltar, se van a excusar por llegar cuando restan cinco minutos de la sesión, abandonarán la terapia.
Lo que los terapeutas no advierten es que el deseo del paciente de continuar la terapia debe, en ciertos momentos, decaer por completo –de no ser así, es posible que los conflictos esenciales del paciente ligados a sus síntomas no estén siendo tocados–. […] Los pacientes tienden a faltar a sesión o incluso a interrumpir súbitamente la terapia cuando sienten que se les está pidiendo que renuncien a algo o que hagan un sacrificio que no están dispuestos a hacer. […] Es el deseo del analista, no su propio deseo desfalleciente, el que les permite continuar. (Fink, 2007, p. 20)
Volvemos a la díada y a la metáfora del fort-da de ida y vuelta. El analizante se puede sentir asustado por lo dicho y guardar silencio, desaparecer en apariencia o esconderse en su silencio y pasar el trago amargo del insight. Su fort puede manifestarse fuera de la sesión mediante actings o pasajes al acto.
Los silencios no son solo verbales. Lo que desde otros autores sería entendido como acting out donde el paciente comunica al analista, para Lacan puede ser un passage á l’acte, donde el analista es excluido de la díada. Tal vez, podemos decir que el analizante “se hace el muerto” en su no aparición.
Conclusión
A partir de lo expuesto, puedo concluir que el silencio en la clínica lacaniana no es un vacío, una ausencia o una simple falta de palabra. El silencio forma parte activa en el proceso analítico. Lejos de ser lo contrario de la palabra, el silencio abre la posibilidad de abrir nuevas preguntas, de explorar lo no-dicho, de articular en formas novedosas la cadena de significantes, lo cual se vuelve una herramienta de articulación y comprensión, tanto del inconsciente del paciente como de lo real, de aquello sin nombre, de lo que no puede expresarse pero que está presente.
La hipótesis que planteo: entender al silencio como metáfora del fort-da, se argumenta mediante lo que podemos observar en la clínica y en la teoría, principalmente a través del poder que representa la ausencia y presencia de la díada analítica.
La palabra y el silencio resuenan con el juego fort-da, tanto en el analista mediante el cumplimiento de la regla fundamental de abstinencia en silencio (fort), como en el analizante que se obliga a vencer los obstáculos conscientes e inconscientes y construir su lalengua junto con el analista.
En el momento justo, el analizante hará su aparición con sus interpretaciones mediante su “estoy aquí” (da) que puntualiza, señala, pausa o promueve un sentido diferente a la cadena significante del analizante, al incluir o no, la interpretación de su silencio.
La danza juguetona fort-da de ida y vuelta, se vuelve entonces parte constitutiva del proceso analítico toda vez que permite:
- La repetición como acto inconsciente del analizante, además de ser tarea del analista cuando los silencios se ven representados en ausencias, pausas, cancelaciones o cualquier ruptura del encuadre, es decir, en las actuaciones de lo innombrable, lo no-dicho.
- La repetición rutinaria en la escena de las sesiones en las que lo previsto es que el analista guarde silencio y aguarde con paciencia las esperadas repeticiones del paciente bajo distintas materializaciones (palabra o no palabra) sin acceder a la demanda.
- Como acto de separación, en tanto cortes, duelos, alejamientos que fortalecen la paciencia y frustración del analizante, entendiendo el proceso como un acto de transformación en sí de la percepción de la falta.
- Como péndulo que habilita el paso de la palabra vacía a la plena, lo que permite al analizante procesar y entender la diferencia entre los discursos prearmados contrapuestos a la verdad.
- Como manifestación de la actitud de “muerto”, donde el lenguaje no es suficiente para expresar lo real por parte del paciente y “el muerto” analista lacaniano quien, lejos de ser un mueble, detona el movimiento en la psique con su escucha firme y aguda que registra las cadenas de significantes hasta identificar el momento preciso (lapsus, balbuceo, ruptura) en el que el lenguaje se quiebra y el inconsciente se asoma. Y por supuesto, el “muerto” analizante, que sin pensarlo, actúa de “muerto” mediante actos que prolongan los silencios y comunican verdades en silencio.
Por lo anterior, cierro con un énfasis claro en la idea de que el silencio es un elemento crucial en el proceso analítico y, por ende, habilitador de la cura.
No es un silencio pasivo y vacío, ni el del analista ni el del analizante. El primero permite que el analizante atraviese sus propios obstáculos mentales con sus silencios y ausencias (separaciones) mediante el fort-da. Mientras que el silencio del segundo es parte del proceso, voz del inconsciente y pausa necesaria del pensamiento.
En este sentido, el silencio es parte de la batalla interna de la díada, es el genuino fort-da del psicoanálisis: un juego repetitivo en el que ausencia y presencia constituyen el escenario y el contenido sesión tras sesión: hilvana la transferencia, habilita la posibilidad de la aceptación de la falta y ayuda al paciente a separarse del síntoma, para así llegar al silencio definitivo: el fin del análisis.
Referencias
- Fink, B. (2007). Una introducción clínica al psicoanálisis lacaniano. Gedisa.
- Nasio, J. (1992). Cinco lecciones sobre la teoría de Jacques Lacan. Gedisa.
- Nasio, J. (2009). El silencio en psicoanálisis (2a ed.). Amorrortu.
- Freud, S. (2001) Obras completas. (Tomo XVIII). Amorrortu.
- Etchegoyen, H. (2014). Los fundamentos de la técnica psicoanalítica (3a ed.). Amorrortu.



